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Ni las ferias, ni de lo que tratan, ni lo que en ellas se exhibe, ni la manera en cómo se replican una tras otra, trae consigo algo novedoso. Ni Maco, como tampoco Material Art Fair. Ni siquiera mi artículo contendrá algo que no se haya comentado antes: que si lo moderno es muy superior, que si lo conceptual es otra ocurrencia más, que la sección dedicada al diseño estuvo ok, que en la inauguración estaban todos y así, sucesivamente, desde las edecanes de Heineken, hasta las –pocas- obras políticas, de denuncia ideológica. En el principio era la vanguardia y la vanguardia se auto-replicó en apropiaciones, deconstrucciones, revivals, remakes, simulacro y vacío. Arte y glamour, personalidades dentro y fuera del medio artístico. El mundo del arte dejó de ser revolucionario para aceptarse como el grupo que entretiene de una manera original a la burguesía. No obstante, desde mi punto de vista, las ferias condensan varios puntos positivos por varias razones, siendo las principales que se tiene acceso a la obra en vivo de artistas que en ninguna otra situación hubiésemos podido conocer. Además, se reúne una cantidad considerable de propuestas de donde se puede desprender una visión crítica del acontecer actual, no nada más de la situación en las artes visuales, sino de la sociedad mexicana en una microscópica muestra. Se ha hablado en diversos diarios de la gran recepción que tuvieron las obras de distintas galerías –mexicanas e internacionales- y el gran número de ventas que se reportaron. No obstante lo que podría considerarse una buena noticia, ¿realmente quién tiene 20 mil dólares para comprar “un cuadrito mono que me late que queda bien en la sala”? Imposible que sean otros que los de siempre: banqueros, empresarios y herederos.

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Las palabras y la NFL

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Agente libre es el eufemismo que se utiliza en la NFL como sinónimo de desempleado. Y si nos remitimos al filósofo francés Michel Foucault, Agente libre, en el contexto actual del mundo deportivo, tiene una acepción distinta a la que en otras condiciones se nombrara a alguien de esa manera. Agente libre, dentro del lenguaje de la Liga, no nada más significa que el sujeto en cuestión (el desempleado) no tiene ingresos, pues el equipo no lo contrató, sino que, además, es –ante los ojos de la sociedad, pero igualmente desde su ojo interno- un fracasado; un loser, como dicen allá. El problema es que si el joven que carga con la responsabilidad de encarnar el concepto de agente libre, se lastimó un hombro, por ejemplo, puede pagar la cirugía con el seguro y esperar (en ambas connotaciones del verbo) a ver si después de la recuperación física, todavía algún equipo lo quiere. Sin embargo, muchos agentes libres descendieron a este estatus, por otras razones que más tienen que ver con su conducta inapropiada, fuera de la cancha. Es decir, algunos veinteañeros han perdido contratos valiosísimos por una riña en una cantina, o por manejo de armas ilícitas; o, sin menospreciar la implicación, por golpear a su esposa; otros han sido detenidos por posesión de algún estupefaciente, y alguno que otro, muchísimo más severo, está encarcelado por ser un homicida comprobado. Además, la palabra agente, es sospechosa en cualquier contexto. El mismo Foucault murió de sida, infectado por un agente biológico. Según la RAE, la palabra agente proviene del latín agentis, el que lleva a cabo una acción; es decir, agente es el que hace o tiene la capacidad de hacer. Si entendemos que la libertad es la condición natural del ser humano para llevar a cabo una acción u otra, el adjetivo libre, se desempeña de la misma manera, aunque en este caso preciso, agente libre, tiene una segunda lectura. Quiero decir, por naturaleza y significado, un agente libre se ve en la facultad de llevar a cabo cualquier acción, elegir la obra que emprenderá. Sin embargo, bajo el concepto en el que es entendido en la NFL, un agente libre hace lo que le dicen que haga; en muchos casos, descansar y esperar. Y como concluyera Foucault, las palabras ponen en orden las cosas, y siempre van ligadas al poder, que se produce, se ejerce y se impone.

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DIÓGENES, ANÉCDOTAS DE UN HOBO CHIC

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Diógenes es conocido como un cínico, palabra relacionada etimológicamente con Kynos, perro. Cuando Alejandro Magno lo tuvo de frente, se presenta como Alejandro el Grande, a lo que el otro responde: Y yo soy Diógenes, el perro. ¿Por qué te llaman Diógenes, el perro? Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan, y a los malos, les muerdo. Alejandro no se perturba por estas respuestas y le promete: Pídeme lo que quieras. Sin inmutarse, Diógenes contesta: Quítate de donde estás, que me tapas el sol. Caos total: exclamación generalizada de todos los presentes. Alejandro, ahora sí sorprendido, le pregunta: ¿No me temes?, a lo que Diógenes replica con otra pregunta: Gran Alejandro, ¿te consideras un buen o un mal hombre? El Grande responde: Me considero un buen hombre. El otro vence: Entonces… ¿por qué habría de temerte? Escándalo. Alejandro afirma: Silencio… sabéis lo que les digo a todos ustedes, que si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes. Todo lo que se diga del vagabundo letrado es creíble y atribuible a él, aunque no dejó obra escrita. Nacido en Sínope en el Mar Negro, en tierra que hoy en día es Turquía, hacia el año 412 antes de Cristo, emprende el largo trayecto de más de 1,700 kilómetros a Atenas con Manes, un esclavo, quien lo abandona al poco tiempo. Con un sentido del humor característico y, sin petulancia alguna, Diógenes lanza la siguiente hipótesis: Si Manes puede vivir sin Diógenes, ¿por qué Diógenes no va a poder vivir sin Manes? Hijo de un banquero, Diógenes da la espalda al mundo que se desarrolla alrededor de la moneda, falso bien, y se entrega a una vida de caminante semi nómada: duerme en una tinaja y come lo que le regalan. Al mismo tiempo, este “Sócrates delirante”, como le llama Platón, reclama al ser humano no cuestionarse por lo que está realmente mal, sino que solamente vive bajo los parámetros acostumbrados de lo que se dice que está mal. Diógenes se esfuerza por llevar una vida recta, soportando el hambre antes que perder la dignidad; o muriéndose de sed, antes de rendirle pleitesía a quienes no respeta. Desprendido de todo aquello superfluo, no tiene un techo fijo, sino que un bote le sirve de refugio nómada: así no pierde su libertad de desplazamiento con todas sus posesiones que son, además de ese tambo, un cuenco para comer y una manta para cubrirse el cuerpo. Al mismo tiempo que desprecia la vanidad y la soberbia del ser humano, pone en evidencia la artificiosidad de la conducta humana: denuncia que todas las relaciones entabladas, conllevan una segunda intención. El filósofo sostiene que los dioses han dado una vida fácil a los humanos quienes se encargan constantemente en complicarla  Además de no darle valor alguno a la propiedad, Diógenes afirma que la virtud consiste fundamentalmente en la supresión de las necesidades. Argumenta que la sociedad es la que crea y origina las opciones que engañan a la misma comunidad, haciéndola creer que debe poseer todos sus productos. No obstante la rectitud del comportamiento de Diógenes, en cuanto a la supresión del materialismo, y burlándose del concepto de amor, -afirmando que es el negocio de los ociosos, y que los amantes se complacen en sus propios infortunios-, considera el coito como una necesidad física: un día se estaba masturbando, y quienes le reprendieron por ello, obtuvieron por única respuesta, una queja tan lastimera como escueta: ¡Ojalá frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil! Nómada por naturaleza, emprende el viaje a  Corinto (donde muere en el año 323 a. de C.) y donde continúa con la idea de autosuficiencia: una vida natural e independiente a los lujos innecesarios. Diógenes camina descalzo durante todas las estaciones del año, duerme en los pórticos de los templos, y tiene por vivienda una tinaja. Un día, en uno de sus paseos por la ciudad, ve cómo un niño come lentejas en un trozo de pan y, cuando al terminar sus lentejas, bebe agua con las manos en una fuente, se da cuenta que todavía posee cosas superfluas y, acto seguido, se desprende del cuenco. Cuentan los que saben, o difunden los que hurgan, que un día amanece Diógenes con una lámpara junto a él, objeto que no necesita, pero que carga proclamando: Busco un hombre honrado que no puedo encontrar, aun a plena luz del día y con el candil encendido. Diógenes iba apartando a los hombres que se cruzaban en su camino diciendo que sólo tropezaba con escombros; él pretendía encontrar al menos un hombre honesto sobre la faz de la tierra. Otra anécdota cuenta que cuando Platón lo provoca y presenta el postulado socrático de que el hombre es un “bípedo implume”, Diógenes despluma un gallo, lo suelta en la Academia y grita: ¡Te he traído un hombre!, y partió entre risas. Sale Platón al frente y responde: El hombre es el bípedo implume con uñas anchas. Acto seguido, Diógenes deja de reír, dándose cuenta de que Platón también sabe responder. Y la leyenda continúa: cuando está a la venta como esclavo, le preguntan qué es lo que sabe hacer, a lo que responde: Mandar. Comprueba si alguien quiere comprar un amo. Fue comprado por Xeníades, quien le devuelve la libertad, le convierte en tutor de sus dos hijos, y en donde le permite explayarse en las doctrinas del autocontrol. Sobre la muerte de Diógenes circulan muchas versiones. Los corintios erigen en su memoria una columna en mármol con la figura de un perro descansando. En Ciudad Juárez, Chihuahua, México, no nada más circulan los coches por una calle llamada Diógenes, sino que una escultura en bronce, en el Parque Central, luce iluminada con el héroe cargando una lámpara.

 

 

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RICO versus POBRE

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En el siglo IV antes de Cristo, el ateniense Aristófanes escribe la comedia Dinero, una sátira en contra de la sociedad de su época, en la que los ricos –no virtuosos- poseían más de lo que merecían: los robatemplos, los políticos, los delatores y los granujas. Por órdenes del oráculo de Delfos, Crémilo debe convencer al primer hombre que se encuentre en su camino, que lo acompañe a su casa. Crémilo encuentra a Pluto (el dios Dinero, quien era ciego y vagabundo). Plutos, en griego, significa riqueza, fortuna, abundancia, tesoro. Y Crémilo conversa con él, aquejumbrado de ser virtuoso pero pobre, y que en el mundo la riqueza está distribuida muy injustamente. Afirma que la única manera en que su hijo se haga rico es convertirlo en un canalla, un delincuente, un sinvergüenza total, y no ser honrado en nada. Zeus había dejado ciego a Pluto porque Pluto/Dinero quería acercarse solamente a las buenas personas, a los sabios y a los honrados, y Zeus no quería que reconociera a ninguno de ellos. Crémilo cree que si la vista de Pluto/Dinero fuese restaurada, vería cuán injustamente está repartida entre los hombres, sin importar si son virtuosos o no. Dinero sabe que en cuanto es poseído, convierte al hombre en un ser de los peores de todos. Reconoce, igualmente, que todo lo que hay de espléndido, bueno o placentero, proviene de él: afirma que las putas corintias (proverbialmente caras) no hacen caso del pobre, pero que si el cliente es un rico, hasta de culo se ponen. Crémilo, a su vez, reconoce tristemente que de todas las cosas se puede hartar uno, menos del dinero: de amor, de pan, de música, de frutos secos, de todos los bienes se harta uno, pero si el hombre recibe trece talentos, quiere conseguir dieciséis, y si lo logra, quiere cuarenta, y dice que no vale la pena vivir si no los llega a tener. Ambición desmesurada, absolutamente humana. El pobre quiere ser rico, el rico desea ser rey y el rey nunca está satisfecho hasta que gobierne sobre todos. Llegan a casa de Crémilo e invita a pasar a Dinero, clamándolo el más poderoso de todos los dioses. Dinero se defiende acusando de que siempre que entra en casa ajena, lo pasa fatal: si de un avaro se trata, inmediatamente lo entierra en el suelo; y si le toca entrar en casa de un chalado, Dinero se ve arrojado a las putas y a los dados, y en un tiempo increíble, lo echan a la calle en cueros. Crémilo lo convence de que él es un hombre comedido, casi siempre con el mismo carácter, y que quiere presentarle a su mujer y a su único hijo, al que quiere más que a nadie, después de ti, Dinero, claro. Entra y convive con él: Crémilo se hace rico e invita a su amigo Blepsidemo a compartir parte de su riqueza. Blepsidemo, cauteloso, no cree que un hombre pueda hacerse rico de un día para el otro y vivir tranquilo, pues es propio de un hombre rico hacer algo turbio. No obstante sus objeciones, sucumbe a la tentación. En ello, aparece Pobreza, una diosa mal vestida de vieja y los detiene: oh, par de homúnculos desgraciados, les espeta: tienen el descaro de cometer esta acción descabellada, impía e ilícita. Ustedes hacen hasta de lo peor para intentar expulsarme de esta tierra y consideran que en ningún sitio ha nacido ningún ser más dañino que yo. Pobreza quiere convencer a Crémilo que no hace el bien al intentar hacer rica a la gente honrada. Crémilo asegura que es justo que la gente honrada tenga suerte, y que los malhechores, ineptos e impíos tengan todo lo contrario. Si Dinero recobrara la vista, iría a casa de gente honrada y ahí moraría y nunca se marcharía. Pobreza le responde que si Dinero recobrara la vista y se repartiera a todos por igual, ya nadie se ocuparía de artes ni oficios. ¿Quién va a querer ser herrero, carpintero, sastre, zapatero o curtidor? ¿Quién querrá romper el suelo de la tierra con el arado para cosechar frutos? ¡Los esclavos, claro! Pobreza advierte a Crémilo que él mismo tendría que cavar la tierra pues no habría traficantes de esclavos, pues todos serían ricos y no arriesgarían su pellejo en esa penosa faena. Además, Crémilo, no podrás dormir sobre una cama, pues no habrá; ni tendrás alfombras, pues no habría quién las tejiera. Tampoco habría perfumes para derramar gota a gota sobre la novia cuando se haga el cortejo, ni ropas costosas, teñidas de hermosos colores para adornarla. Pobreza es la acompañante, la dueña de cada artesano, a quien obliga, por la necesidad, a buscarse el pan. Crémilo la acusa de ser la portadora de piojos, mosquitos y pulgas; de quemaduras en los baños públicos, de niños hambrientos y de una retahíla de viejos vociferantes. Un pobre tiene harapos, en lugar de capa; por cama, un jergón de juncos, lleno de chinches, que despiertan al que quiere dormir; como almohada, tiene una piedra. El pobre no come pan blanco, sino tallos de malvas, en vez de torta de cebada, hojas de rábanos escuálidos. Pobreza defiende la dignidad del pobre, afirmando que su vida consiste en vivir haciendo economías y trabajando de firme, sin tener nada de sobra, pero sin carecer tampoco de nada. Pobreza hace a los hombres mejores que Dinero, tanto en su espíritu, como en su cuerpo. Dinero les hincha la tripa y las piernas y les produce una obesidad descarada; en cambio, a su lado, se mantienen delgados, con talle de avispa y son terribles para sus enemigos. Por si eso fuera poco, la virtud y la honradez viven con Pobreza, a diferencia del descaro que es cosa de Dinero. Pobreza le explica con ejemplos: no tienes más que ver a los políticos en las ciudades: cuando son pobres son honrados con la gente y con el Estado; pero en cuanto se hacen ricos a expensas del erario público, en seguida se vuelven unos sinvergüenzas que conspiran contra el pueblo y luchan contra la democracia. Blapsidemo se mantiene aparte del diálogo entre Pobreza y Crémilo, y llega a su propia conclusión: ¡Por Zeus! Yo quiero ser rico y darme una vida padre con mis hijos y mi mujer; y al salir de los baños, bien lavado y bien untado, tirarme pedos en la cara de los artesanos y de la pobreza. Otro beneficiado de la riqueza de Crémilo, es Carión, su criado, quién exclama qué estupendo es nadar en la abundancia, sobre todo cuando uno no ha puesto nada de su parte. El arcón está lleno de harina blanca; las ánforas, repletas de oloroso vino tinto. El aljibe está lleno de aceite, los esencieros rebosan de perfume y el desván está colmado de higos secos. Los criados jugamos a pares y nones con monedas de oro. Y ya no nos limpiamos el culo con piedras, sino con tallos de ajo, que es más fino. ¡Oh no! Entra Honradez en el escenario y clama: y yo pensaba que con aquellos a los que eché una mano cuando estaban en apuros podría contar como amigos seguros si alguna vez los necesitaba. Pero se daban la vuelta y hacían como que no me veían. Obvio, se iban con Dinero. Total, después de una infinidad de coros y símbolos de la tradición griega, llevan a Dinero al Templo de Asclepio y Dinero recobra la vista. Y mucho después, llega Hermes, el dios mensajero para darle a Crémilo la peor noticia: los dioses del Olimpo están abandonados porque todos los hombres veneran, alaban y sacrifican corderos por Dinero y a los demás dioses los han dejado sin tributos. Zeus está furioso. Desde el mismo momento en que Dinero empezó a ver –se lamenta Hermes- nadie nos sacrifica a nosotros, los dioses, ni incienso, ni laurel, ni tortas, ni víctimas, ni ninguna otra cosa. Incluso, los sacerdotes se quejan porque todos son ricos. Antes, cuando no tenían nada, a lo mejor un comerciante, al regresar de un viaje, te ofrecía un sacrificio por volver sano y salvo, o bien un acusado, por salir absuelto. Pero es que ahora no hay ni uno que venga al templo ni por casualidad, a no ser los que vienen a cagar: eso, más de diez mil.

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SANTA FE Y MUNDO E

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Jamás pensé estar en “Un lugar de la Mancha” de Mundo E. Me siento cada vez más cerca de Estados Unidos. Los titulares de La Jornada (y me imagino que los de los demás periódicos también) anunciaron la eminente ruptura de relaciones entre México y Cuba. Nuevamente me siento como en Estados Unidos.

Vine a este centro comercial en Santa Mónica con el propósito de ilustrar un artículo acerca de urbanismo, haciendo una comparación entre el mall de Santa Fe y éste. Cuando platiqué con Rogelio, le dije que mi intención era ligar lo que el urbanista francés François Ascher comentó en una reciente visita a la Facultad de Arquitectura e Ingeniería del Poli (acerca de que vivimos en una sociedad hipertextual, que corresponde a la tercera revolución urbana que se liga a la modernización radicalizada), con el desordenadísimo crecimiento de la zona de Santa Fe. Después pensé que sería buena oportunidad (y pretexto) para hacer una descripción de Mundo E al cual yo nada más conocía de oídas. No he conocido un lugar en México que me recuerde más a Estados Unidos.

En Santa Fe está la Ibero. Cuando nos mudamos a ese plantel era prácticamente la única construcción a varios kilómetros a la redonda. Se decía que se corría el riesgo de que se volviera a caer, pues estaba construida sobre minas de arena. Los que vivíamos por las Lomas, se nos hacía lejos ir a la nueva Universidad, pero para los demás estudiantes –que en ese entonces era la mayoría– Santa Fe quedaba en otro mundo. El edificio nos parecía horrible, los salones espantosos e imprácticos y los pasillos, como fabricados en Siberia. Cuando la Ibero se inauguró en 1988 se decía que era la única cafetería con Universidad; para cuando terminé la carrera dos años después, se convirtió en el único estacionamiento con Universidad; ahora que doy clases ahí, la veo como un parque temático (con TODOS los servicios incluidos) con Universidad.

Poco a poco se comenzó a construir una serie de edificios que cada uno en sí era feo, pero que en conjunto formaban un compendio de lo peor del merengue posmoderno. Una mezcla nefasta de estilos, materiales baratos, dimensiones inhumanas, plazas deshabitadas y egos encontrados parecía ser la norma. En cuanto a las zonas residenciales, una es más fea que la otra. Las townhouses de Legorreta son como viviendas del Infonavit más monas, pero con los mismos inconvenientes del constante efluvio aromático de todas las mañanas, cuando nos acordamos que los basureros están a pocos metros, y con la irresistible vista panorámica del techo y los estacionamientos del centro comercial Santa Fe que se construyó a los pocos años.

Conozco gente que ha rechazado ofertas tentadoras para ubicar sus oficinas sin pagar renta en aquel desarrollo urbanístico polimorfo, periurbano, hipermoderno y súpergacho, por la razón que sus empleados se niegan a viajar hasta Santa Fe. No los culpo. Nunca he utilizado el transporte público para llegar a la Ibero, y mucho menos para irme de compras al Palacio de Hierro, pero en una ocasión se acabó la batería del coche y tuve que caminar por la zona. En esa ocasión también me sentí en Estados Unidos, no por la (in)accesibilidad de los servicios, sino por ser una peatona en una ciudad hecha para automovilistas que manejan (y se estacionan) en la carretera de cuota a Toluca, y que ven a los transeúntes como obstáculos en un juego de video.

En fin, Santa Fe no está hecha para ser vivida, habitada, deambulada, sentida y querida como cada quien quiere su colonia. Y eso sin hablar de la patética costumbre de hacer las compras en el Sam´s (no hay otra opción) y de vivir en condominios horizontales “ecológicos” más caros que Polanco o las Lomas, con muros de tablarroca y con constantes –y severos—problemas hidráulicos. Además, ni la Delegación Cuajimalpa, ni la Álvaro Obregón desean quedarse con el paquete de administrar esta zona (desarrollada para ricos, obviamente) y tanto las calles viejas en donde se encuentra el mercado y la tradicional colonia jodidísima, como las avenidas de la Ibero, Banamex, Televisa, la BMW, Jaguar y miles de restaurantes, tienen baches y otros defectos asfálticos que llevan meses sin ser arreglados…

Pero volviendo al Mundo E: sólo vale la pena rescatar lo que siento valió la pena mi viaje hasta acá. Es decir, la construcción de varios pasillos –adornados por altas y delgadas palmeras en fibra de vidrio de las que colgaba la más variada publicidad–, mismos que desembocaban en una enorme plaza coronada al centro por una vibrante fuente con luces desde donde emerge imponente hacia el cielo ¡un obelisco! Imagino que la réplica egipcia también es de fibra de vidrio, la cual combina de manera excelsa con las vistosas columnas griegas de fuste liso y capitel dórico. Los muros que rodean la falsa plaza (falsa pues está techada con un hermoso plafón decorado con un idílico cielo azul con nubes blancas, rosas y doradas) muestran pinturas –imitación al fresco— de arcadas y barandales que camuflan las entradas a varios comercios. Destaca el gigantesco Cinemex con 20 salas, anuncios, luces, taquillas, colores, sonidos y el infalible olor a mantequilla gringa derretida y palomitas gringas. En la parte superior de los muros luce (pintado) un barandal de piedra –tipo ruina—sobre el que descansan (esculpidos) jarrones romanos. Una delicia Kitsch.

Nuevamente en Estados Unidos: las enormes tiendas son todas de firmas gabachas y con letreros publicitarios en inglés. Un policía me reprimió por tomar fotografías y (no sé si por paranoia mía) ése es precisamente otro aspecto que me había llamado la atención: cada 20 metros en los pasillos, escaleras, a la entrada de las tiendas y junto a los cajeros, hay policías con radio que afirmaban que yo no tenía permiso de la gerencia para tomar fotos del obelisco bajo el cielo de fantasía.

Me metí a Zara para distraerlos un poco y de paso echar un ojo; a lo lejos divisé un café, me pedí un express y un pastel, me compré un libro de Naief Yehya y me senté a escribir este relato, en un extrañamente frío lunes  por la mañana, día de la Santa Cruz, en la que cada vez me siento más cerca de Estados Unidos y más lejos de Dios.

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Otoño del 69

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Venedikt Eroféiev (1938-1990) se prepara para su tradicional viaje de los últimos doce viernes, de Moscú a Petushkí, en el tren eléctrico. Y el poema en prosa inicia una vez despierta la semi conciencia del autor, después de una noche de borrachera. Se levanta del portal donde mal durmió, para llevar a cabo su misión: abastecerse de todas las botellas de vodka que quepan en su maletín, así como comprar bombones y avellanas para regalárselos a su amada y a un hijo que lo esperan en la estación de Petushkí, a escasos 125 kilómetros. Después del recuento de los diferentes vodkas que ingiriera el jueves por la noche, Eroféiev se lamenta de la terrible cruda que lo acecha previo a llegar a la estación de Moscú. “¡Ay, ese peso matutino en el corazón!… esa opresión a la que nadie ha puesto nombre todavía…” Y se cuestiona qué es lo que más molesta, ¿la parálisis o la náusea, el agotamiento nervioso o la tristeza mortal, el pasmo o la fiebre? La historia que plásticamente podría definirse como una road-movie literaria, nunca se ve truncada por los episodios enlagunados del autor-protagonista, ni siquiera al final, ya con delirium tremens, cuando batalla contra el diablo, la esfinge y los ángeles que terminan por reírse burlonamente de él. Las reflexiones ebrias pero cuerdas de Eroféiev, se acompañan de las mejores recetas para mezclar el vodka con otros efluvios como agua de colonia o barniz de uñas, junto con misteriosos pasajes en los que alecciona sobre Dios, a quien llama respetuosamente el Señor, y advierte que, desde la cruz, Jesucristo nos llamó a ser compasivos unos con otros. En algún punto del trayecto, en el que no ha dejado de beber, entre vagones y pasillos, se alienta a sí mismo a abstenerse del vaso de vodka en su mano, pues su espíritu se siente oprimido y su alma desahuciada: “estos trece tragos no han de traerte alegría, mientras tomaba el decimotercero”. Viénichka, como se llama a sí mismo de cariño, presume de poseer conciencia y gusto más que suficiente, por lo que los sesos llegan incluso a sobrar. Sin embargo, gime de angustia al describir un corazón que todos los días se baña en dolor, miedo y silencio. Y es que sus amigos le habían prevenido: de seguir con “esos puntos de vista tan ignominiosos siempre vas a verte solo y serás un desgraciado”. Cuando ya no hay más vodka que beber, se lamenta que, cuando la borrachera se va del corazón, aparecen el miedo y la fragilidad de conciencia; y el frío y la aflicción no te permiten despegar los labios. Y antes de sucumbir a las alucinaciones por la supresión alcohólica, llora que si tuviese un trago no estaría tan hecho pedazos y tan disperso. Le pregunta a Piotr, su ayudante, “¿se nota mucho que estoy hecho pedazos?”

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Escribir sobre arte

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En la presente era post-posmoderna, escribir sobre las artes visuales se efectúa con un riesgo que se genera desde la misma actividad artística. Es decir, aceptando que en el campo de la producción, la libertad que se ejerce es casi ilimitada, tanto en temáticas para abordar, como en los materiales, facturas y técnicas con las cuales se elabora el objeto, y en los conceptos que fundamentan el trabajo, también las maneras de ejercer la escritura son abiertas, amplias y flexibles. La aproximación por parte del espectador/ensayista puede ser atrevida o cautelosa, así como la percepción y subsecuente elaboración de un juicio de apreciación se puede dar desde una posibilidad divergente de la intención original. La obra se presenta como un objeto dinámico que se enriquece conforme se le anoten lecturas, interpretaciones, experiencias y acciones sobre él. De la misma manera que su esencia se enriquece, su definición se hace exponencialmente compleja.

Así como en cada campo profesional existen diversas estrategias para encaminarse hacia el éxito, dentro del rubro de la crítica o del ensayo de las artes, las aproximaciones subjetivas son legítimas. El ensayista puede partir desde cualquiera de las características del objeto, sobre algo general o específico sobre algún aspecto del proceso de producción o recepción de la obra, o explayarse libremente sobre cualquier fenómeno relativo a la obra de arte. En este ejercicio, el lenguaje es de capital importancia y su implemento tiene acepciones nominales dentro de las artes, que puede diferir en otros ámbitos. Por ejemplo, la palabra instalación. Mientras que se entiende el verbo instalar como poner o colocar algo en un espacio, en el ensayo se entiende que para comprender una instalación es indispensable saber que se trata de un complejo de conceptos que han ido elaborándose en el último siglo y que básicamente responde a las premisas conceptuales en donde cualquier objeto puede ser apropiado, recontextualizado y redefinido bajo nuevos parámetros que antes le eran ajenos. Así, un urinario dejó de serlo, en cuanto Duchamp lo desfuncionalizó y colocó en un entorno que le otorgaba el “estátus” de obra de arte; en este caso específico, un certamen de escultura contemporánea, luego en un museo o galería.

Desde hace un siglo y medio, Baudelaire convenció de que la definición de Belleza está conformada por diversos aspectos que tienen que ver con la pasión, la moda y la moral de una época, además de por un intrínseco aspecto particular que le permite su transitoriedad. Es decir, la belleza para una época es transitoria, cambiante, mutable, adaptable, constantemente en un proceso fluido de transformación. Y esa definición es la que nos conviene al enfrentar un arte que es sólido en ocasiones, líquido en otras y gaseoso en numerosos ejemplos de la producción contemporánea. Entonces, ¿cómo ejercer una crítica para una obra de arte que ya está denominada como tal y que en este caso se trata de un poco de pintura sobre el muro de la galería? La experiencia estética se percibe desde el impacto o la sorpresa, para ir cediendo a una adaptación de nuestra persona al espacio. La escala determina ciertas percepciones en cuanto a las dimensiones que se prolongan más allá de un solo vistazo. El cuerpo del espectador puede moverse para recorrer la obra e ir percibiendo, experimentando y entablando una relación con esa obra. La lectura puede darse desde una perspectiva meramente sensorial, o ir más allá hacia la reflexión y el cuestionamiento, y tratar de ajustar parámetros racionales a la pieza ante nosotros. Desde ambas aristas, se concluye con una visión particular, con una  interpretación y un juicio que es el resultado de la decodificación que se dio de nuestra parte hacia la obra. De ahí, al volcarlo sobre el papel, significa entender que uno está dando una versión subjetiva y libre y que solamente podremos defender con nuestro lenguaje en el ejercicio de la escritura. El material del artista es la pintura; el del ensayista, el lenguaje.

Las obras de arte creadas desde hace 25 años responden a un proceso cultural postimperialista que se gestó en los años sesenta y explotó en la década de los ochenta. La posibilidad de una apertura de fronteras geográficas, políticas, comerciales e ideológicas, dio lugar a un mestizaje globalizado que se tradujo en una multiplicidad de formas, estilos, o elementos apropiados, deconstruidos, simulados o morfeados. El tercer mundo poco a poco fue integrándose al circuito mainstream de los discursos establecidos; las mujeres levantaron sus voces  de forma agresiva en un principio, para ceder a maneras más sutiles en los años noventa; la información se genera instantáneamente y se difunde inmediatamente; distintas realidades convergen simultáneamente y de talante ubicuo. Cada persona desarrolla su personalidad y la luce en las redes sociales, en los grupos de autoayuda o a través de los medios tradicionales de radio, televisión y prensa escrita. Los ejes temporales se deforman al permitir la repetición de formas y estilos a los pocos años de haber sido vigentes; la innovación tecnológica nos abruma desde la perspectiva moral pero nos satisface en cuanto a inmediatez e invariabilidad. El espacio se expande hacia el universo y se “encoge” dentro de las partículas minúsculas que componen los electrones. Y a todo ello, responde la producción de la obra de arte: a ese paraíso que ofrece el cosmos visual que tapiza nuestro entorno y del que somos incapaces de escapar. La escritura no puede eludir esta realidad compuesta por miles otras, aunado al concepto creciente de aceptación del medio virtual, que ofrece multiplicidad de identidades y de tácticas para jugar con ellas.

Sobre una plataforma de economías neoliberales, el artista entendió que debe jugar un papel activo en la autopromoción y conformación de lazos con los coleccionistas, a través de los curadores, promotores o galeros. El crítico queda relegado a un segundo plano y debe conformarse con ser, como dijera el recién fallecido Robert Hughes, “el pianista del burdel: todo lo importante se lleva a cabo en el piso de arriba”. El coleccionista, a su vez, se hace de una colección poco a poco, con una inversión moderada y con la segura garantía de que su dinero ha valido la pena. Las obras adquieren plusvalía y el coleccionista puede recuperar su dinero en un momento de aprietos. Si es un novato, se asesora con curadores, que a su vez tienen lazos con galeristas o directores de museos. Aunque distintos aspectos convergen en la inauguración de una exposición, todo se fundamenta en cuánto dinero estuvo disponible para presentar una muestra y cubrir pagos a: artistas, curadores, seguros, embalaje y transporte; material de difusión, investigación, hojas didácticas, museografía, remozamiento del espacio, invitaciones, catálogo, brindis y glamour. Todo cuesta y todo tiene una razón de desenvolverse fluidamente, una vez aceptada la noción de que así funcionan las cosas y que se debe aprovechar al máximo. No al extremo de nombrar una sala como tan fallidamente acaba de hacer el Museo Tamayo, pero sí admitir que precisamente son estas personas las que tienen el dinero y el poder en, por lo menos, el mundo del arte.

Como conclusión, el ensayo se presenta como una estrategia óptima para escribir sobre las artes visuales; la misma libertad de ejecución en el trabajo plástico, se efectúa con el lenguaje, la intención y el deseo personal de comunicar algo estructurado que parta de cualquier aspecto y se incline hacia cualquiera de las múltiples aristas que encarnan a ese objeto llamado arte.

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La onda

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Una de las inevitables circunstancias que dieron origen al movimiento sesentero de la onda, fue –según Parménides García Saldaña- el cambio en el lenguaje: cuando se incluyeron en el habla común de los jóvenes los vocablos, expresiones, apodos, insultos y, en general, cuando se modificó la forma de hablar y todo lo coloquial y callejero pasó a formar parte de la manera de hablar de la clase media y clase media alta, ahí es cuando se puede considerar que México (la ciudad) dejó de ser decimonónica, para convertirse en el brazo más importante del río pleno de agua nueva que traían los Estados Unidos de América. Cuando un adolescente escuchaba el trasfondo de las canciones de Bob Dylan y cuando se extasiaba con los voluptuosos movimientos pélvicos de Mick Jagger, cuando las chavas en minifalda se alocaban y dejaban plantados a sus novios fresas, cuando las mamás se escandalizaban por el peinado de sus hijas o la melena de sus pimpollos, es cuando verdaderamente se siente que México está cambiando de ser una provincia más, a ser una capital más de los USA. Street fighting man es infinitamente más directa, más cruda y más llegadora que Me cansé de rogarle…

Uno de los elementos estructurales que definen la cultura es, sin duda, el lenguaje y la manera en cómo se emplea en el discurso cotidiano en los distintos niveles. La sociedad casi siempre va muy por delante de su clase gobernante y en la actualidad es aún más notable el abismo que existe entre ambos grupos. Si anteriormente -en los años 60 de Parménides- la demagogia, la palabrería, el discurso vacío y rimbombante fue predominante sexenio tras sexenio, hasta bien entrados los años 80, ahora, la forma más común -además de las palabras inventadas-, es la del eufemismo: decir bonito lo que en realidad es feo. Así, no se dice devaluación, sino volatilidad de la moneda; en lugar de viejos, se les conoce como “adultos en plenitud”; a los paralíticos o niños con síndrome de Down, “con capacidades diferentes”, y la lista puede continuar en una sociedad que funge como pantalla: en donde todo es simulacro, representación, imagen o ícono sin significado, sin fondo. O con mucho, pero que vale la pena mantener escondido. Si Mafessoli afirmaba que lo verdaderamente profundo se encontraba en la superficie de la piel, ahora no sé si es profundo, pero por lo menos muy descriptivo, realista, crudo, casi irreal. Además, en la actualidad existe un factor que aparentemente antes no existía: que las clases altas, privilegiadas, “educadas”, eligen las formas coloquiales de las clases bajas, de las barriadas, de las esquinas de las colonias perdidas, de los suburbios, de la prole. La grosería pasó a formar parte del lenguaje hablado y escrito en los diferentes medios y en todos los niveles. El albur tiene cabida en un cabaret, en un café matutino es de mal gusto. La grosería tiene su razón de ser y, más allá de la moralina o la ética en sociedad, sobra cuando es utilizada repetida y descaradamente en las conversaciones. Las personas se convierten en “güeyes”, las cosas en “madres” y las emociones son dos: o chingón o de la verga. Existe un empobrecimiento del vocabulario, cuestión que es eminente muestra de la pauperización de la cultura y, si antes era el campesino recién llegado a la ciudad, o el chavo pobre del barrio el que podía proferir palabrejas y diretes endémicos de su región o limitada exposición, ahora los adjetivos más soeces y los insultos más despectivos son parte integral del vocabulario de las clases altas, poderosas, expuestas a otros mundos y costumbres. Y aun así, la carencia de la capacidad para expresar los pensamientos, ideas o emociones es evidente, y poco a poco se filtra un modismo vulgar, pobre y decepcionante. Si la onda “democratizó” el modo de hablar de las clases baja y media, logrando un sentido de identidad entre los “ñeros”, actualmente una chica de Polanco dice con una mano en la cintura que le fue de la verga en la peda de ayer. Sin embargo, aun con el mismo léxico, no hay identidad cultural entre las clases, salvo en el apoyo común a la selección de futbol o el Cielito lindo entonado en cualquier rincón fuera de México. En los años 60 se abrió de una manera forzada la frontera cultural entre Estados Unidos y México y para los preceptos establecidos para conformar una identidad nacional incluían formas que no satisfacían a la juventud clasemediera mexicana que encontraba más placer en una desgarradora letra de los Rolling, que las peregrinaciones anuales a la villa de Guadalupe o las rolas cantineras de José Alfredo Jiménez. En la actualidad, ya no da vergüenza que se conozca mejor el currículum de Mickey Mouse que los principios de Emiliano Zapata. Ya no hay que pelear un sitio ni siquiera en las formas prestadas del habla y el ok, bye, o cualquier otra expresión no castellana, es aceptada y no entra en el discurso de la búsqueda histórica por una nacionalidad nacional mestiza, ecléctica y plural. MTv es la prehistoria de la educación visual de los jóvenes nacidos en plena globalización, sobre la cual se construyeron los lineamientos culturales de las clases media y alta, en los locos y boyantes años 80. Los “millenials” –nacidos entre 1985 y 2000- tienen otros conceptos de casi todo a los que tenemos los de la generación X. Desde el tipo de alimentación –y el rito de la comida-, hasta la forma de trabajar y relacionarse personalmente, no puede haber una identificación generacional cuando nosotros aprendimos a usar la computadora a los 20 años y ellos nacieron con un ipad en las manos.

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El lenguaje en y de las artes visuales contemporáneas

Una vez aceptado que desde 1989 estamos viviendo un periodo “posthistórico” (Fukuyama), con estilos de vida bastante diferentes a los que se estaba acostumbrado, es deducible que en esta “segunda era de la globalización”, el arte que se genere en esa sociedad, sea igualmente distinto a como era antes. Y no me refiero únicamente al producto en sí, al objeto artístico que se presenta ante nosotros bajo la rúbrica de “arte”, sino a todos aquellos involucrados en el campo de la producción, difusión y recepción de las artes visuales contemporáneas.IMG_6221

La “primera era de la globalización” (van Vrijaldenhoven), coincide con la Revolución Industrial y con un estilo de vida nuevo en las ciudades recién fundadas. Las migraciones del campo a zonas más urbanizadas -que en un futuro se conformarían como las grandes y modernas metrópolis europeas-, provocaron una transformación en las actividades económicas, así como en las relaciones internacionales; los flujos de la actividad de un país determinaban las conexiones en otros ámbitos, como el político, social y familiar; los cambios se sintieron incluso en las ideas sobre la realidad y cuestionamientos acerca de conceptos abstractos, como la existencia de Dios.

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La “segunda era de la globalización” (ídem.) se gesta desde el siglo XIX y vive su clímax en los años ochenta. Los rampantes avances en el campo de la tecnología dieron nacimiento a una nueva era en la que la información se convierte en un sujeto en sí al ser analizada y respetada como un valor máximo de la representación de la realidad. Las ficciones y la realidad se construyen a partir de la publicidad y nos desvanecemos en una vorágine de íconos e ídolos que así como aparecieron, se desmoronan en un pasado irrecuperable, salvo a través de la moda retro. La Revolución de la Información provoca que muchos de los parámetros que estaban establecidos desde hacía generaciones, sucumban ante una miríada de posibilidades de estilos de vida completamente nuevos, en donde la total apertura aparente es uno de los aspectos más obvios. El poder político se convierte en la plataforma ideal para la realización individual; en una fusión con el discurso falso de una democracia mal practicada, y el aval y apoyo incondicional de los medios masivos de comunicación, que se ven beneficiados con egregios pagos en efectivo. Las fronteras geográficas se diluyen y los conceptos de Primer o Tercer Mundo se concentran en localidades esparcidas por todo el globo, y con funciones específicas en cada caso. El dinero se entrona como el Dios gobernante y la Filosofía perece ante la resignación y la aceptación desvalida. Y en el ámbito de las artes, una total libertad se respira en el ambiente y se ejerce con la fuerza de un regalo recién adquirido. La premisa ochentera considerada por Lyotard de que “todo se vale”, ahora vive su plenitud y la práctica se lleva a cabo sin riesgo alguno.

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Las obras de arte creadas desde hace 25 años responden a un proceso “postimperialista” (Hobsbawm) que se gestó en los años sesenta y explotó en la década de los ochenta. La posibilidad de una apertura de fronteras geográficas, políticas, comerciales e ideológicas, dio lugar a un mestizaje globalizado que se tradujo en una multiplicidad de formas, estilos, o elementos apropiados, deconstruidos, simulados o morfeados. El tercer mundo poco a poco fue integrándose al circuito mainstream de los discursos establecidos; las mujeres levantaron sus voces  de forma agresiva en un principio, para ceder a maneras más sutiles en los años noventa; la información se genera instantáneamente y se difunde inmediatamente; distintas realidades convergen simultáneamente y de talante ubicuo. Cada persona desarrolla su personalidad y la luce en las redes sociales, en los grupos de autoayuda o a través de los medios tradicionales de radio, televisión y prensa escrita. Los ejes temporales se deforman al permitir la repetición de formas y estilos a los pocos años de haber sido vigentes; la innovación tecnológica nos abruma desde la perspectiva moral pero nos satisface en cuanto a inmediatez y eficacia. El espacio se expande hacia el universo y se “encoge” (Virilio) dentro de las partículas minúsculas que componen los electrones. Y a todo ello, responde la producción de la obra de arte: a ese paraíso que ofrece el cosmos visual que tapiza nuestro entorno y del que somos incapaces de escapar. No se puede eludir esta realidad compuesta por miles otras; aunado al concepto creciente de aceptación del medio virtual que ofrece multiplicidad de identidades y de tácticas para jugar con ellas.

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juan pérez

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Me encantan los personajes de Literatura que son hombres mediocres, pero que tienen algo de conciencia para percibir esa misma mediocridad. En ocasiones, es el complejo el que los hace iniciarse en la reflexión, en el monólogo interior, para descubrir un sentimiento que identifican con envidia y ahí es cuando se ahonda el complejo de inferioridad: al conocerse incapaces de ser o de poseer lo que el sujeto envidiado tiene o es de manera tan natural. Y es entonces cuando esa envidia puede detenerse o aplacarse, por lo que nuestro héroe debe aceptar el digno puesto de servidor, asistente o aprendiz del “mejor”; o planear una total aniquilación de aquello que le molesta. Si el mediocre en cuestión se inicia en un trabajo casi espiritual en el que logra aceptarse sin los atributos del otro, se daría un giro determinante en el curso y destinos de ambos personajes. Si, en cambio, la desviada mente del acomplejado lo lleva a cometer atrocidades que varían en grado e intensidad, (pero que en el peor de los casos, terminan en una muerte cruenta, en homicidio, en el asesinato del guapo adinerado), el curso de la cotidianidad, desde luego, es tergiversado.

          Pero imaginemos al mediocre que aquí nos concierne: es de mediana a baja estatura, de color amarillento en una piel grasosa de la cara pero áspera en el torso, pecho y brazos; desde luego su sudor huele mal y padece halitosis o flatulencia u otra de esas desgracias fisiológicas. Imposible tener un autoestima si tu aspecto tiene alguna de esas características, aunado a un pelo grasoso y pestañas de sombrilla. El chico tiene cierta inclinación a la Literatura, ya que ninguna chava lo pela y él vive en casa de su abuela que tiene una biblioteca abundante. Juan Pérez –pues así se llama-, resignado a que ninguna de las secretarias quieren ir a tomarse un trago con él, y aburrido de ir solo, después de que todos conversaban en pareja, se resigna a prepararse su cuba con Presidente y se relaja con un libro en el regazo. Y digamos que casualmente, ese libro es Retrato de un artista adolescente de James Joyce. Y entonces, Juan Pérez se entera de que existe la capacidad de reflexión que conlleva al diálogo interior, que a su vez conlleva a una riqueza que se vive casi alegremente. Y se percata que no es el único niño que sufrió, sino que comprende casi empáticamente a Stephen que es injustamente golpeado por un padre en el internado jesuita de la escuela primaria. También se identifica cuando lee que Stephen tenía muchos sentimientos confusos en torno a su amor y miedo a un Dios castigador. Juan lee los pasajes más espeluznantes acerca del infierno, más aterradores incluso que los que describe Dante en La Divina Comedia, que ya conocía; y se alivia al reconocerse con la posibilidad de hacer como Stephen, de plantearse los conocimientos adquiridos, analizarlos, juzgarlos, y si no sirven, desecharlos. El infierno de Joyce le enseña que el dolor más grande no es el físico que es abismal, sino el espiritual que además es eterno, simultáneo con todos los demás tormentos intensos e imperecederos que aturden a los sentidos, como fétidos olores y sonidos estruendosos, llamas de fuego ardiente pero que no emanan luminosidad, entre otros deplorables padecimientos perennes. Aun así, el dolor más grande es espiritual y se suma al tormento y es que en el infierno se adquiere la conciencia ahora sí real, ahora sí sin remedio, de que Dios ya se dio por vencido y los soltó: ya no hay espacio ni tiempo para arrepentirse y pedir perdón, porque ese tiempo ya existió, ya se acabó y no puede volver. Y ese tormento de desolación provoca un llanto que aunque encharcara todo el espacio del infierno, no vale lo que hubiese valido una sola lágrima durante la oportunidad que se tuvo en vida. Stephen se atormenta hasta el delirio con sufrimiento, sed de arrepentimiento y una soberbia que terminó por darle la espalda a Dios después de considerar seriamente la propuesta de ser iniciado con los jesuitas. En sus delirios de grandeza, Stephen se visualiza con autoridad, con poder. Ese poder que Dios le confiere al sacerdote para interceder entre el pecador y Dios, en el momento de la confesión; o el privilegio de poder convertir la hostia en el cuerpo de Cristo. Y Stephen llega exhausto a su casa que vislumbra desde lejos, en un montón de casas que arman una forma de jamón. Entra a la cocina en donde sus hermanos están terminando la cena, pregunta por sus papás y al saberse el hermano mayor, el único afortunado, agradece la oportunidad de educación que le ha sido brindada solamente a él. A los niños parece no importarles y se disponen a cantar. Stephen canta con ellos después de un rato, y es ahí en donde decide que, de ninguna manera, aceptará renunciar a la vida real. Juan Pérez lee, madura en el aspecto interior. Pero sigue siendo un hombre feo y desagradable en sus comentarios: impertinentes las más de las veces. De esos personajes que no tienen tacto social, que no saben medirse ni frente a mujeres, ni frente a su abuela; que nada más no existe la conciencia de que alguien más merece respeto porque no son tan desagradables como él.

Un gusano le llamarían unos, un gooseberry otros, un mal tercio, uno que sobra; su abuela lo aceptaba como petulante, y tenía sentimientos encontrados, porque le descubría al nieto cierta mirada parecida a la de su hija muerta; la mamá de Juan tenía los ojos verdes y serenos que no heredó a Juan, salvo en la forma de los ojos al hacer cierto gesto. Aunque igualmente, Juan heredó la boca y sonrisa que le recordaban al rufián de Andrés, su también difunto yerno. Una sonrisa de desaliento, de conformidad mezclada con indiferencia. Una sonrisa cínica, sin luz ni brillo.

Juan mira al cielo y entre espesas nubes, se desplaza insonoro un avión solitario. Los cláxones de los coches se escuchan en la calle de un lado y él caminaba; paseaba sin pensar en algo en particular. Tres modos de transportar a diferentes personas en distintas circunstancias y para varios propósitos disímiles. Jadeaba mientras avanzaba por una avenida empinada, subía al ritmo que el latido de su corazón resentía al acelerarse de manera discordante. Se detenía en un puesto de periódicos para descansar y tomar un poco de aire.

El lenguaje que maneja Joyce es docto, aunque muy lejano a la complejidad de los vocablos de Ulysses. Como buen literato culto, Joyce escribe en latín sin traducir el contenido de alguna enseñanza jesuita o algún dogma de la Iglesia. La historia comienza con tímidas anécdotas que redondean en un bonito relato de los días que pasó en el internado de Clongowes, cerca de Dublín. Conforme avanza la historia, el lenguaje, así como las anécdotas que se transforman en profundas reflexiones, forman el cuerpo de los siguientes capítulos que crecen en profundidad e interiorismo. Aunque el autor se tome el tiempo para describir paisajes, climas, el color gris plateado del cielo, el aire detenido en las montañas, o la atmósfera densa dentro de una cantina, Joyce nos obliga a detenernos en las respuestas inmediatas, en las lecciones que entrega a sus amigos, y en los monólogos que descubren la atormentada duda que somete al adolescente Stephen a considerar la vida de jesuita. Cuando todavía un niño, la confesión le había permitido sentir un alivio fenomenal en el alma ligera y llena de gozo. Ahora, de adolescente, la religión no resultaba en un bálsamo para Stephen quien se cuestionaba pasajes de la Biblia, aparentes paradojas de la vida cotidiana y, sin tomar en cuenta la benevolencia de un Dios misericordioso, se entrega con rencor a un concepto del infierno, donde es irremediable el castigo y la imposibilidad para encontrar a un mediador, una vez que se ha sido condenado a las ardientes llamas del averno.

Se le acerca Lynch, un simpático amigo que, para no denostar el lenguaje, dice yellow cada vez que quiere describir algo feo o desafortunado. Como adjetivo, en lugar de la palabra damn, o cualquier otro adjetivo descalificativo, Lynch dice yellow algo. Y le pide un cigarro a Stephen y le pregunta ¿qué es el arte? Stephen le contesta que, de acuerdo a Santo Tomás de Aquino, en su definición de belleza, entra ese aspecto intelectual o sensible que se transforma en algo que puede ser experimentado estéticamente.

Ya un poco mayor, Stephen se embelesa con una muchacha de la que vive enamorado sin que ella dé señal definitiva de que está disponible o dispuesta. Él le escribe ardientes poemas que nunca le entrega; describe el tormento de verla y soñarla, con tal ternura que al llegarle una oportunidad, no entendemos por qué él le niega un baile al espetarle que va a ser monje. Ella lo acusa de hereje y se distancia danzando. El alma se le enciende al reconocer cierto rubor en las mejillas de la chica, pero se imagina a sus hermanos leyendo los poemas que él le enviaría y sufría al conjeturarlos burlándose de él entre risas y remedos.

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